Marie-Madeleine GALBES,noventa y dos años de fortaleza en Argelia.

Sus padres eran españoles, emigrados como muchos otros compatriotas a Argelia, donde pensaban ganar honradamente su vida. Eran rudos trabajadores: albañiles, agricultores, pequeños comerciantes, que nunca rechazaban el trabajo.
La abuela Marie-Madeleine Galbès, esposa de Pedro Fuster, tuvo once hijos. Perdió dos o tres cuando eran muy pequeños, lo cual era frecuente en aquella época.
Jacques, Pierre, Louis, Gabriel, Jean, Marie, Joséphine, Rosine llegaron a la edad adulta.
Marie-Madeleine trabajaba en Miliana, a 4 km de la casa, donde lavaba la ropa de los pensionistas de la Escuela Normal de Profesoras, en condiciones de incomodidad de las que nunca se quejaba.
Las mujeres mayores se ocupaban de las más jóvenes mientras trabajaban. Para cada nacimiento, se paraba tres semanas máximo.
Tenía un carácter muy firme y enérgico, no se ablandaba nunca a pesar de las defunciones de Jacques en la Gran Guerra de 1914, Marie a los 20 años por fiebre tifoidea, Gabriel a los 39 años y su nieto Pierrot a los 24 años.
Profundamente creyente, fue a misa todas las mañanas durante 80 años, recorriendo 4 km hasta el pueblo, a pesar de la nieve y las temperaturas muy bajas por vivir a una altitud de 900 m. Sus chicos eran monaguillos hasta al menos sus 15 años. Su piedad la ayudó a mantenerse firme a pesar de sus numerosas penas y dificultades. Decía: “es la voluntad de Dios”, y continuaba rezando.
Siempre vestida de negro, tanto en verano como invierno, a la moda española, llevaba una amplia falda hasta los tobillos, un tipo de sayo de mangas largas, un pañuelo inservible escondiendo los cabellos y ligado bajo el mentón. En invierno, añadía una gran capa negra.
Hasta una edad avanzada iba echar el agua del pozo y volvía a casa con uno o dos cubos llenos hasta el borde. A sus 70 años, no vacilaba en cavar la tierra de la viña y en vigilar el riego nocturno de las verduras y frutos, gracias a un sistema de canales y compuertas.
A la muerte de mi padre en un accidente a la edad de 39 años, vino ver a mi madre que lloraba, y le dijo: “ponte al trabajo, reemplaza a tu marido y piensa en los niños… Las lágrimas no llevan a nada”. Mi madre me decía a menudo que estas palabras la habían impulsado.
Tenía hipertensión, y creyó morir varias veces, después de unos desmayos en el jardín, con 22/23 de tensión. El único remedio en esa época consistía en poner sanguijuelas sobre el cuerpo de la enferma. Hay que creer que el remedio era eficaz, porque vivió hasta 92 años.
Hacia los 88 años, a pesar de toda su voluntad, no pudo vivir sola en su casa de manera confortable. Permaneció cierto tiempo en casa de su hija Rosine. Pero no se sentía bien y la relación con su yerno no era la mejor. Finalmente, marchó con su hija Joséphine, cerca de Argel, al lado del mar, que había visto por primera vez a sus 75 años. Su hija y su yerno la rodearon de mucha gentileza y de curas.
Fue enterrada en su panteón de Miliana, llevada en coche por el viejo cura que era su amigo desde hacía 50 años. Era el fin de una vida de dura labor, de penas, pero también de coraje y de devoción familiar.

Testimonio de Charles Fuster,nieto de Marie-Madeleine.

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